Obituario: Eduardo Pérez El Sardinero, emblema de su profesión en Gandia
Ondanaranjacope | 14 Sep 2021
Con su bata azul de ''salaurero'', el lápiz sobre la oreja y la mariconera bajo el brazo marcó toda una época de tradición familiar en conservas y salazones en Gandia.
Fue emblema de una profesión ya casi desaparecida. Siguió los pasos de su padre y lo inculcó a toda su familia. Sin querer o queriendo se convirtió en todo un referente del mundo empresarial que, a la chita callando y sin levantar ni polvo ni remolino, fue quien fue porque se lo ganó y de ello se enorgulleció. Nunca fue amante de los premios y los reconocimientos. Su mejor premio era la familia y su mejor reconocimiento los clientes. Por eso quien lo conocía sabía cómo era y quien no sepa quién fue, seguramente no lo encuentre en el almanaque empresarial.
Desde la mojama de almadraba del Tio Romà hasta los mejores jamones de Arturo el de JADESA pasando por las anchoas de cero barras de Rezumar o traídas directamente desde Ondarroa o Castro Urdiales. Los quesos del Cadí, La Catedral, el de la Copa o el Panda; la paleta de GEMI, o cuando las jotas de Sánchez Romero y Carvajal no eran muy conocidas como tampoco sus patés, él ya andaba por ese mundo. Lo mejor de lo mejor en salazones se podía adquirir y te lo ofrecía Eduardo.
Estuvo en la tienda de la República Argentina frente al instituto Ausiàs March, aquella de carteles de madera en la fachada y que fundó su padre Eduardo Pérez Rubio ''El Sardinero''. Allí en aquella vetusta tienda y cuya oficina debajo de las escaleras sirvió de lanzamiento para lo que fue posteriormente, logró ampliar el negocio y abrir ''la tenda'' a dos calles.
Con Salvador el del Montulia por testigo, allí era habitual verlo cerrando tratos y negocios con poderosos empresarios de la conserva y el salazón a nivel nacional. Fue un número uno en su ramo y así lo conocían a lo largo y ancho de la geografía española. Desde madrileños que acudían a por ''bonyítol'' al que llamaban ''jamón playero'' hasta profesionales de los restaurantes que sabían lo que buscaban o necesitaban, acudían a Eduardo.
Hoy es impensable ver esos trailers en plena calle República Argentina descargando botas de sangacho o tonyina negra así como panderetas de cualquier conserva o las sardinas saladas en cajas redondas de madera o los quesos con maderas hexagonales. Para ello, habilitó una inmensa nave en la calle Gaietà Garcia junto al desaparecido cine Palacio de los Deportes.
Más tarde, ya con su padre fallecido, ''El Sardinero'' regresó a la República Argentina con otro aire mucho más detallista, siguiendo con el servicio al por menor y detall pero sin olvidar a los grandes compradores. Por una parte de la tienda, en el mostrador, miles de personas de Gandia y la Safor acudían a por los comestibles y en la otra parte la venta al por mayor, añadiendo además una gran vinoteca.
Siempre con la bata azul de ''salaurero'' , su lápiz y su peculiar mariconera, te estrechaba con fuerza la mano cuando te la cogía para advertirte que así era él. Aquel buzo de la Armada que amaba el mar y el salazón, que había viajado por todo el mundo hasta conseguir lo que las ballenas le decían. Aquel que igual comía al calor de una bombilla una sardina y un trozo de pan o disfrutaba de los mejores y lujosos lugares del mundo. Así era Eduardo, un hombre de contrastes. Todo aquel que se le acercó pidiendo ayuda la obtuvo, ya bien fuera espiritual, económica o de sabia experiencia. De hecho jugaba y dominaba el arte de la trastienda llegando a tener contactos hasta donde nadie pudiera llegar a imaginar. Repito, así era él.
Con Eduardo aprendí lo que significaba el viejo arte y oficio del ''salaurero''. La culpa de ello la tuvieron nuestros abuelos y padres. Yo era que los que amaba el ''bull'' o ''budell'' (la tripa del atún) y cogía las anchoas de la montaña de sal donde se exhibían para probarlas. Así me introdujo en ese apasionante mundo del arte del salazón, tan antiguo y necesario en épocas pasadas. Yo mismo, cuando era joven, iba a casa de Cristóbal en el Cabañal de València a comprarle los ''capellans'' (lirios) cerrados que él mismo secaba en la terraza de su casa marinera. He vivido tanto de cerca esa profesión que gracias a Eduardo pude disfrutar de cosas que ya jamás volverán ni se encontrarán debido a las medidas sanitarias impuestas.
Hace años dejó de lado la profesión, cerró la tienda y se dedicaba en cuerpo y alma -así lo decía orgulloso- a cuidar de su mujer, Concha. Él decía que no tenía otra obligación en esta vida. Sus hijos ya mayores, con nietos y un retiro en Monterrey, desde allí la paz y la calma que las vistas le transmitían le permitían volver a sus inicios, a ser él mismo y a ponerle pasión a lo que más disfrutó: la vida. Y a compartirla y servirle a ella. A su amada mujer, para la cual ya nunca más escatimó horas ni días.
No era raro verlo cada sábado con sus rutinas de bajar con el furgón y no perder los contactos. Sabía que el tiempo pasaba y se lo administraba ahora que podía con la tranquilidad del deber ya hecho y de solo ofrecer el servicio a los demás.
Tanto su mujer como su hija, fueron representantes de la Hermandad del Cristo Yacente en la Crucifixión, por eso, desde poco después de su fundación, su Semana Santa era asistir en lo que fuera necesario a los Caballeros Legionarios. Y por ello no era raro verlo implicado y en segunda fila, con su peculiar sonrisa y su mariconera bajo el brazo.
Gandia le dice adiós a un gran empresario y visionario. Hoy, sus extraordinarios ojos azules se han apagado para brillar junto con otros tres salaureros en el olimpo de la sardina.
Eduardo Pérez Lloret era padre de Inma, Eva, Beatriz, Lydia, Helena y Eduardo. Esposo de Concha Insa Fuster y hermano de Jaime, Dolores, Juan y Javier.
El entierro, con las medidas anticovid, tendrá lugar desde el Tanatorio Guixa hasta la iglesia de Sant Josep, en el Raval de Gandia, esta tarde a las 17 horas.
Descanse en Paz, Eduardo Pérez Lloret.
Densansa en Paz Tío Diua.
Amb estima: el net del Tio Miquel El Salaurero.
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